“A mí me lleva 20 minutos llegar en lancha hasta una guardería en San Fernando, y de ahí son 30 minutos en auto o en tren hasta mi trabajo”

 

Marta Mattone es una pionera en el desarrollo de la apicultura en el Delta. Su padre fundó el establecimiento apícola Fe y Esperanza en 1946, y fue quien le enseñó el oficio.

 

La familia de Marta vivió varios años en el Delta y luego se trasladó a Buenos Aires para que los hijos pudieran ir a la escuela. Sin embargo, una vez que se casó, a principios de los 80, volvió a vivir en la isla y retomó el negocio familiar de criar núcleos de colmenas, que es el insumo principal con el que trabajan los apicultores. Ni siquiera había luz eléctrica, y había pocos pobladores en la región. Una década después, resurgió el turismo y Marta se hizo conocida por la venta de miel pura y la producción de cerámicas en su taller. Los turistas que se acercaban hasta su casa en la isla de Tres Bocas para comprar miel, jalea y polen, comenzaron a interesarse por la capacitación. Marta implementó entonces cursos de cerámica y de apicultura.

Hoy se ofrecen desde visitas guiadas al colmenar, hasta un curso completo de apicultura de tres meses. También, en combinación con otros emprendedores, se puede hacer trekking, canotaje, cabalgatas y pasar un día de campo con almuerzo campestre y merienda incluídos. Por otra parte, junto a su marido Sergio iniciaron un emprendimiento de cabañas turísticas (www.micasaeneltigre.com.ar). Hoy cuentan con cuatro casas totalmente equipadas en las que reciben a turistas de fin de semana (tanto argentinos como del exterior), y algunos inquilinos permanentes que se mudaron a las islas buscando una forma de vida menos acelerada y en mayor contacto con la naturaleza. “Uno aquí está alejado, pero al mismo tiempo está cerca del centro”, dice Sergio, quien viaja todos los días hasta su taller en el barrio de Villa Urquiza. “A mí me lleva 20 minutos llegar en lancha hasta una guardería en San Fernando, y de ahí son 30 minutos en auto o en tren hasta mi trabajo”, asegura.

En la época en que se fundó Fe y Esperanza, y hasta 1950, las islas del Delta eran el centro de producción frutihortícola que abastecía a Buenos Aires, y esto generaba actividades conexas, como la mimbrería para elaborar canastos. Pero la época dorada del Delta terminó con las inundaciones de los 50, reflejadas con crudeza en el clásico filme “Los isleros”, de Lucas Demare, con Tita Merello. Sin apoyo gubernamental, los pobladores perdieron todo y debieron emigrar hacia “tierra firme”. De los 25.000 habitantes que había, quedan apenas 5.000 permanentes, aunque según la Agencia de Desarrollo Turístico de Tigre, 60.000 personas visitan el Delta cada fin de semana.

 

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