A pesar del golpe y de la prisión de Lula, a diez días de los comicios, el Partido de los Trabajadores (PT) despuntaba como favorito en el segundo turno y se enfrenta a una temible cría de la dictadura. ¿Qué está en juego en esta elección? ¿Quién es el candidato del capital? ¿Cuál es la estrategia de la burguesía? ¿Y la respuesta de la izquierda?

 

Para la burguesía brasileña, la economía no está en juego en las elecciones: quien gane enfrentará los problemas del neoliberalismo con más neoliberalismo. Ya sea por la vía utópica de un “neoliberalismo inclusivo”, pregonado por el PT, o por el ultraneoliberalismo de los tucanos y de Bolsonaro.

Lo que la burguesía tiene en juego es la forma política de gestión de la crisis brasileña.

¿Cuál será la cara del arreglo institucional, jurídico y cultural que sustituirá a la “Nueva República”, que está definitivamente condenada?

En el plano inmediato existen dos vías para esto.

Según sus propias palabras, Lula ofrece credibilidad y estabilidad.

La credibilidad de la que habla no es con los de arriba –duramente afectada–, sino con los de abajo: lo que Lula diga, la sociedad aceptará. En otras palabras, el lulismo ofrece a la burguesía su capacidad de convencimiento y neutralización popular como vía para alcanzar el orden. Si Dilma fue la sombra de Lula, Haddad se proyecta como el avatar de esta política.

En el polo opuesto, complementario, se encuentra Bolsonaro.

¿Cómo se tiene que entender su presencia? Bolsonaro es la respuesta más aterradora de una sociedad aterrada. Quien está sin trabajo tiene miedo del hambre, y quien trabaja tiene miedo del desempleo. Todos tienen miedo de la violencia y también tienen miedo de la policía.

En un contexto de desprestigio de las formas colectivas de lucha, Bolsonaro promete el orden mediante la crueldad. Como Trump en Estados Unidos, Erdogan en Turquía, Modi en India, el uribismo en Colombia o el fascismo en Italia, todos actualmente en el poder. Por lo tanto, Bolsonaro no está sólo: representa una tendencia, no una aberración.

En síntesis, se trata de vías distintas para manejar la colosal crisis brasileña: el PT ofrece el orden a través del diálogo, mientras que Bolsonaro propone el orden a palos.

Dada la imposibilidad de que ganen los candidatos Alckmin, Meirelles o Amoedo, ¿cuál de estas dos alternativas es preferible para el capital?

Si gana Haddad, gobernar será un problema. El problema del poder será cómo apaciguar la serpiente del antipetismo. ¿Cómo convencer a aquellos que se embarcaron en la maniobra del impeachment y de la prisión de Lula a aceptar que todo eso desemboque en Haddad?

Si gana Bolsonaro, serán los gobernados los que tendrán un problema. Su base entre los poderosos es frágil, su rechazo popular es alto y su naturaleza, imprevisible. La pregunta es ¿quién disciplinará al disciplinador?

Tanto Haddad como Bolsonaro representan respuestas provisorias, y necesariamente inestables, de una burguesía que se reorganiza.

Más allá de lo inmediato, el movimiento burgués se mueve en dirección de Bolsonaro. Porque el fin de la nueva república también compromete a los tucanos. Esto es lo que explica el Partido Nuevo, tan “nuevo” en la política como lo es “demócrata” el DEM. Expresa a una burguesía que intuye que los nuevos tiempos exigen nuevas respuestas: es el Bolsonaro que aún no salió del armario.

Porque lo que la derecha está incubando es un bolsonarismo sin Bolsonaro.

En Francia, la fascista Marine Le Pen se quejaba de aquellos que se unieron para derrotarla en el segundo turno de las presidenciales, porque después de todo, decía una Le Pen desconforme, eligieron a alguien que implementa sus políticas, pero sin jactarse de ello.

Bajo el polvo de las próximas elecciones, la burguesía brasileña forja su Macron. El cruce de Bolsonaro y Amoedo puede ser João Doria.

Entre el derrocamiento del lulismo, que se configuró en la rebelión de julio de 2013, y un bolsonarismo confiable, que se está cocinando, la burguesía brasileña se reorganiza. Ese reordenamiento se expresa a través de la dispersión de candidatos. Al igual que en 1989, cuando comenzaba la nueva república, la burguesía busca un camino, aunque ahora es para enterrarla.

A mediano plazo, especula cuál será el mejor esparadrapo para frenar la hemorragia iniciada tras el golpe. Racionalmente, parece ser Ciro Gomes: el antipetismo se sentiría satisfecho y el electorado de Ele Não respiraría aliviado.

Pero las serpientes sueltas por el golpismo desafían la razón. Cualquier gobierno que venga será necesariamente inestable, como lo fue el de Collor.

En este contexto, los tucanos hacen su autocrítica: mejor habría sido dejar a Dilma desangrarse, que conspirar mediante un golpe y pactar con Temer. Fueron con mucha sed al manantial y ahora están condenados a tener paciencia.

La burguesía y los tucanos calculan quién es más útil para quemar y quién para ser quemado, con la expectativa de fundar sobre esta tierra quemada el nuevo orden a su semejanza.

Y la izquierda, ¿qué papel desempeña en este juego?

Paradójicamente, está mostrando una mayor dificultad para captar el cambio. Para la derecha está claro desde junio: el tiempo del neoliberalismo inclusivo ya terminó. Se ha transitado de la conciliación a la lucha de clases. Este es el telón de fondo de la agonía lulista.

Que el propio Lula no se dé cuenta de su anacronismo era de esperar. Que el PSOL se deje engañar por ese engaño es una trágica miopía. En lugar de diferenciarse del PT, ensayando lo nuevo por izquierda, la candidatura de Guilherme Boulos ha optado por la simbiosis, en condiciones cada vez más rebajadas.

El lulismo es una política que navega en las aguas del orden. En este momento lo único que puede resucitarlo como una alternativa para la burguesía es el ascenso de las masas. La paradoja es que las masas sólo se movilizarán si rompen las amarras con el lulismo, como en junio pasado. No obstante, en ese momento, los revoltosos se preguntarán: ¿vale la pena todo este esfuerzo para terminar con Lula de vuelta en la presidencia?.

Si la serpiente del antipetismo es difícil de manejar, las fuerzas que buscan ir más allá del petismo lo serán mucho más. Por eso no les interesa, ni siquiera a Lula, el pueblo en la calle.

Ambicionando tender un puente entre el petismo y la izquierda, la candidatura de Boulos está constreñida por la agenda del primero. En el proceso, corre el riesgo de confirmar el secuestro de la izquierda en la lámpara mágica del lulismo. Más allá de sus contradicciones internas, esta política perdió su carga histórica: por eso no se repetirá, salvo como farsa.
El lulismo no es el antídoto del fascismo, sino un obstáculo que dificulta la comprensión de lo que está ocurriendo. Sólo mediante la lucha eludiremos a la barbarie, no con morfina.

Independientemente del resultado electoral, el ganador de esta elección ya es Bolsonaro. Porque fue quien marcó el debate. El eje de la discusión se desplazó hacia la derecha, aislando aún más el debate estructural. Por otro lado, la izquierda ya perdió estos comicios, porque ni entró en el juego.

Para volver a la primera división de la política precisará actualizar su diagnóstico y estrategia. Mientras eso no ocurra, asistiremos a una acumulación de derrotas, sin ni siquiera disputar los destinos de la historia.

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