Hoy vamos a homenajear con dos historias, a los inmigrantes europeos; quienes desde fines del siglo XIX, con voluntad y esfuerzo, poblaron por generaciones y, a fuerza de trabajo pudieron prosperar en las islas -por entonces salvajes e inhóspitas- de nuestro delta.

Por José María Frías

 

Una de las corrientes más destacadas fueron los “Vascos”, que como todos, vinieron a nuestro país con la esperanza de hacer “La América”.

Los Vascos
Los Vascos del Carabelas

En un principio, trabajando en los saladeros de La Boca y Barracas, notaron que los barqueros traían a Buenos Aires frutas, leña y carbón de monte blanco proveniente de las islas; enterándose por ellos que, mas allá del Paraná de las Palmas había un largo río que llamaban “Carabelas”, con un paraje de costa cerradas por un impenetrable monte blanco, con extraños albardones como pampas inmensas, casi limpios de árboles, y sin habitantes.

Esperanzados, resolvieron salir en busca de “ese Carabelas”, partiendo desde San Fernando en canoas, remontando el río Capitán a botador, y luego a “sirga” (que era la forma común de subir el Paraná tirando de la soga desde la costa), hasta la mitad de la “cancha larga” donde desembocaba el Carabelas.

Al arribar, confirmaron lo que habían oído; por lo que comenzaron a dispersarse, asentarse y a trabajar.

Enterados, llegaban cada vez más paisanos, mientras los barcos de la Boca fletaban leña, carbón, trigo y astillas de leña; pero ahora producidas y comercializadas por ellos.

Tiempo después se hicieron presentes las mujeres, formándose familias con 10, 12, hasta 15 hijos; y los albardones vieron ahogar su ancestral silencio por las risas y juegos de chiquillos argentinos, sublime retribución de aquella noble gente a esta prodigalidad del país.

Así, el empeño de estos inmigrantes europeos en ese lugar, convirtió la desolación en población; lo anegadizo del suelo en cultivable, abastecedor de leña, frutas y verduras para la ciudad de Buenos Aires.

Con esta introducción, comenzamos la primera historia de este capítulo: La familia Noel.

En 1871, Benito Noel, continuando con el emprendimiento de su fallecido padre, el vasco Carlos Noel Echave; compró una quinta (luego conocida como “Isla Noel”,) en el Arroyo Espera y Rama Negra chico, de islas de Tigre; donde hizo plantar árboles de duraznos, ciruelas, peras y manzanas.

Con sus frutos, abastecía la fábrica de dulces y confites “El Sol”, que estaba ubicada en lo que sería hoy Defensa y Cochabamba de la Capital.

Fábrica Noel
Fábrica de dulces y confites “El Sol”, con sede en Defensa y Cochabamba de la Capital, que se abastecía de frutos provenientes de la quinta Noel, del Arroyo Espera

En los primeros tiempos de la fabrica (los de su padre Carlos, allá por 1850) los dulces se vendían en puestos ubicados en la Recova y en los alrededores del Cabildo; hasta que tuvo un enorme éxito, ampliando sus ventas y oferta, agregando la fabricación de caramelos, yemas y mazapanes.

Uno de sus principales clientes fue Manuelita Rosas, la hija del exgobernador, que contaba con la dulzuras de “El Sol” cada vez que organizaba una fiesta.

En 1875, mudó la fabrica a La Boca, cambiando la denominación de los productos por “Benito Noel & Cía”, alcanzando la producción de 40 toneladas de dulce de membrillo en 1910.

Benito Noel falleció en diciembre de 1916. Algunos dijeron que de tristeza, pues una semana antes había fallecido su mujer. Cuando la carroza fúnebre llegó a la esquina de Callao y Quintana, los obreros de la fábrica, la mayoría españoles, decidieron llevar el féretro a pulso hasta el interior del cementerio.

Una placa en el Cementerio recuerda al vasco emprendedor, con una frase digna de su empuje : “No lo lloréis, imitadle !”; mensaje que entendieron sus hijos Carlos y Martín, quienes siguieron hasta 1994 con la empresa.

 


La segunda historia, tiene que ver con otra corriente de las muchas que poblaron el delta: la italiana. 

José Cagnoni fue uno de los tantos inmigrantes italianos que arribó a estos lugares allá por 1863. Lo hizo en compañía de su esposa Teresa Trevino y sus tres hijos: José, María y Elvira

Primero, montaron un almacén de ramos generales en calle defensa, de Capital Federal; próximo al río; pero en el verano de 1870 (pleno auge de la fiebre amarilla) decidieron trasladarse en bote con su familia a las islas. Fueron tres jornadas de navegación río arriba.

Extenuados, ya sin comida, se detuvieron en la costa de una precaria casa de adobe, al margen del Río Capitán, en su cruce con el Arroyo Toro. Su ocupante, un suizo cazador de nutrias, los recibió y les dio atención.

Aquí decidieron comenzar su nueva vida: José aprendió del suizo, a fabricar ladrillo de adobe y con estos levantó la nueva morada; desde donde la familia comenzó a alimentar y proveer de agua a aquellos remeros que se aventuraban hasta esa zona del delta.

Así, surgió un nuevo emprendimiento comercial: provisión de alimento y el brindar un lugar para el descanso; transformándose en una parada popular, conocida como el “Recreo del Toro“. 

Recreo el Toro

Fue tanta la prosperidad económica y se hizo tan famoso el nombre del recreo, que José importó de Europa una estatua de un toro a tamaño real.

En 1915, la familia vendió el recreo y se fue del delta.

Recreo el Toro

Desde entonces, con alguna variación en el nombre (“Nuevo Toro” y “Paso del Toro”), distintos dueños y con cambios de ubicación (de una orilla a la otra); el recreo últimamente ha sido reciclado y puesto a punto para volver a funcionar, siempre bajo la simbólica mirada del toro que alguna vez José trajo de su continente natal.

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