Las elecciones italianas de marzo de 2018 abren un período caótico cuya salida permanece incierta.

 

Elecciones Italia 2018

El país, que hace pocos años era conocido por ser uno de los más “eurófilos” es ahora “euroescéptico” en un 50% o más; la extrema derecha, abiertamente nostálgica del fascismo ha regresado con fuerza, y la derecha parlamentaria clásica imagina sin dificultad su alianza con ella (como en Austria, por ejemplo); el “populismo” (en este caso el Movimiento 5 Estrellas) se caracteriza por una confusión sin precedentes que impide saber cuál es su verdadero programa, si es que tiene alguno; la izquierda está claramente en declive.

Las explicaciones dadas por los medios de comunicación dominantes ponen el acento en la cuestión de la afluencia de inmigrantes. Sin hacerse preguntas sobre los motivos de esta afluencia (los estragos causados por las políticas del neoliberalismo en África y en Oriente Medio), estos medios de comunicación reconocen la responsabilidad de Europa, que ha abandonado a los países que, por su situación geográfica (Italia, Grecia y España) están en primera línea frente a esta afluencia. Y poco más. Se alude a veces a las miserias producidas por la política económica italiana (pero una vez más sin cuestionar los dogmas liberales). Aun cuando estas explicaciones podrían parecer correctas en una primera lectura, siguen siendo poco convincentes. El análisis de la catástrofe exige una vuelta atrás más seria.

La existencia misma de Italia es reciente. La unidad formal realizada en el siglo XIX fue poco más que la conquista de la península por parte de la monarquía de Turín, conquista que fue posible tanto por la coyuntura europea de la época como por el movimiento del risorgimento, y al precio de unos cuantos compromisos fatales con las clases dirigentes tradicionales de las provincias (sobre el modelo del gattopardo siciliano: que todo cambie para que nada cambie). No logró convencer del todo a los pueblos de la península, que probablemente han seguido más apegados a su provincia que al Estado unitario. Un sentimiento cívico nacional poco desarrollado que tal vez encuentra su explicación en el hecho de que siendo los amos de los Estados italianos muy a menudo extranjeros, los pueblos afectados no veían en ellos más que unos adversarios a los que había que engañar tanto como fuera posible. Esta debilidad se articula hoy con la emergencia de un populismo que se alimenta del ascenso a la superficie del fondo fascista.

La guerra de 1915 a 1918 no hizo progresar un sentimiento nacional real, pese a los discursos que se han hecho al respecto. Todo lo contrario; la guerra agudizó los conflictos sociales, marcados por el nacimiento precoz de un partido comunista fuerte y por la reacción de las clases dominantes, que se inventaron el fascismo en un país capitalista de segunda fila. La Italia de Mussolini es el ejemplo por excelencia, por comparación con los fascismos alemán (el nazismo) y japonés, expresión de las potencias capitalistas dominantes o que aspiraban a serlo.

El musolinismo –el inventor del fascismo (nombre incluido)– fue la respuesta que la derecha italiana (antiguas aristocracias, nuevas burguesías, clases medias) dio a la crisis de los años 1920 y al peligro comunista naciente. Pero ni el capitalismo italiano ni su instrumento político, el fascismo musoliniano, tenían la ambición de dominar Europa, y mucho menos el mundo. Y pese a las baladronadas del Duce sobre la reconstrucción del Imperio romano (!), Mussolini sabía perfectamente que la estabilidad de su sistema se basaba en su alianza –en calidad de segundo subalterno– bien de la Gran Bretaña –dueña del Mediterráneo– bien de la Alemania nazi; y esta indecisión perduró hasta la vigilia misma de la Segunda Guerra Mundial.

El musolinismo intentó de todos modos reducir la amplitud de los provincianismos y sustituirlos por un nuevo nacionalismo italiano, en particular mediante su combate contra los dialectos en favor del italiano. La catástrofe militar está en el origen del colapso de la ilusión de este modelo de fascismo de segunda. Simultáneamente, tanto en Italia como en Francia, la liberación en tiempos de la segunda guerra había sido casi una guerra civil. Debido a ello, los fascistas se vieron obligados a esconderse durante los decenios que siguieron a 1945 sin haber jamás desaparecido del todo. Más tarde, la economía del país, pese al “milagro” que había garantizado a los italianos hasta la llegada de la crisis actual un buen nivel de vida, siguió siendo frágil. Dicho milagro está igualmente en el origen de la opción europea sin reservas que conquistó todo el espacio político italiano para convertirse finalmente en el principal responsable de la vía sin salida en la que se ha metido el país.

Los éxitos del Partido Comunista Italiano de la posguerra están en el origen de los fuertes avances en la construcción por vez primera de una sociedad italiana auténtica y unificada (más allá, por supuesto, de los conflictos de clase propios del capitalismo, tanto en Italia como en otras partes). Togliatti primero y Berlinguer después construyeron sus avances con la mayor lucidez. El poder del movimiento era suficiente para influir de cierta manera en el Estado de “centroizquierda” de la época, pese al encierro del PCI sobre sí mismo. El PCI fue el que construyó verdaderamente la Italia moderna, impregnándola en profundidad de su cultura. Solo tuvo que compartir el monopolio con el catolicismo dominado por una Iglesia que entonces sabía encubrir su proyecto reaccionario tras el que se ocultaban los nostálgicos del fascismo. El partido demócrata-cristiano cumplía esta función. Esta página de la historia italiana ya ha pasado.

El verdadero suicidio del comunismo italiano, inaugurado por los sucesores de Berlinguer y proseguido con tenacidad hasta hoy mismo, está en el origen de la debacle y el caos contemporáneos. Las distancias tomadas pronto por los comunistas italianos con respecto a la dictadura de Moscú no estaban destinadas por naturaleza a producir un ulterior deslizamiento a la derecha. Al contrario: hubieran podido ser la fuente de una renovación radical en la medida en que Italia se había propulsado por un momento al centro de la reflexión y de la acción críticas a partir del “largo 1968” de la década de 1970. Pero los maoístas italianos fracasaron: no llegaron a contribuir a la radicalización del movimiento comunista en su conjunto. Sí contribuyeron, al contrario, a dar una legitimidad aparente al desplazamiento a la derecha, traducido en aquella época en los términos del llamado “eurocomunismo”, tras el cual se ocultaba una identificación con el liberalismo.

Sin duda el peligro fascista puede hoy parecer todavía incapaz de amenazar al orden “democrático” en Estados Unidos y en Europa, por lo menos al oeste del antiguo “telón”. La colusión entre las derechas parlamentarias clásicas y las social-liberales hace todavía inútil para el dominio del capital el recurso a los servicios de las extremas derechas que se sitúan en los bloques históricos fascistas. De todos modos, el ascenso de las luchas populares podría muy bien convencer a la clase dominante de la necesidad de recurrir a los servicios de los fascistas, como ya lo hizo en el pasado. Los éxitos electorales de la extrema derecha a lo largo de la última década han de ser motivo de inquietud.

También los pueblos europeos son efectivamente víctimas del actual despliegue del capitalismo de los monopolios generalizados. Se comprende entonces que, confrontados a la colusión entre la derecha parlamentaria llamada democrática y la izquierda llamada socialista, se refugien en la abstención electoral, en la confusión o en el voto a la extrema derecha. La responsabilidad de la izquierda potencialmente radical es en este caso importante, pues si tuviese la audacia de proponer avances reales más allá del capitalismo establecido, conseguiría la credibilidad que le falta. Las izquierdas radicales audaces son necesarias para dar a los movimientos de protesta y a las luchas defensivas en curso, siempre excesivamente fragmentadas, la coherencia que les falta. El “movimiento” podría invertir entonces las relaciones de fuerza sociales a favor de las clases populares y hacer posibles avances progresistas.

En la situación actual, los éxitos electorales de la extrema derecha le vienen efectivamente muy bien al capitalismo establecido. Permiten a los medios de comunicación meter en el mismo saco del oprobio a “los populistas de la extrema derecha y a los de la extrema izquierda”, haciendo olvidar de este modo que los primeros son pro-capitalistas (como demuestra la cualificación que ellos mismos se dan de extrema derecha ) y por lo tanto posibles aliados, mientras que los segundos son los únicos adversarios potenciales peligrosos del sistema de poder del capital.

Vemos, mutatis mutandis, coyunturas análogas en Estados Unidos, pese a que su extrema derecha nunca se ha cualificado de fascista. El maccarthismo ayer, los fanáticos de los Tea Party y los partidarios de la guerra (Hilary Clinton o Donald Trump) defienden hoy abiertamente las “libertades” –entendidas exclusivamente como las de los propietarios y las de los gestores del capital de los monopolios– contra el “Estado”, sospechoso de ceder a las demandas de las víctimas del sistema.

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